La mujer convertida en serpiente

Me salió una herida en la cara. Una herida terrible que se abría cada mañana un poquito más. Que crecía hacia fuera y hacia dentro. Sin sangre. Sin dolor. Como una flor.

Me estaba des-haciendo. Primero por la cara.

Me miraba en las serpientes, en el probablemente indoloro cambio de piel.

- Pero yo nunca he visto a una mujer serpiente.

Me dejé de reconocer en el espejo.

Era como llevar en la cara la marca de un extraterrestre, como ser de otro planeta.

- Te voy a guardar en una jaulita los ratones que me encuentre. Por si te dan ganas de comértelos.

Andaba yo por Sevilla como estigmatizada. En mi bicicleta, con Nahla volando bajo su casco rosa. Con mi herida en la cara. Tapada cada vez que el viento movía mi pelo. Y de nuevo expuesta a l@s otr@s. Contándoles una historia secreta.

La de la mujer convertida en sirena. En serpiente.

Una noche de luna descubrí otra herida en mi pierna. Se abría pequeña. Anunciándose al cambio.

Las dejé hacer.

Respiré el nacimiento y la muerte.

Yo ya no soy la misma. Cómo va a servirme la misma piel?

-Lo malo cuando se manifiesta ya duele mucho – decía la loba que corría desnuda y palpitante a mi lado. Toda pintada de tierra.

Las cubrí de barro. Me llené de barro.

Fui olvidando poco a poco dónde vivía. Los barrotes. El color. Las alas encogidas.

Volvía de nuevo a nacer.

Sin pies. Habitando un mundo sin sombras. Todo caricias. Entrañas. Mundo de cuerpos. De seres que tras-pasan.

Me des-hice en el cuerpo para volver a él.
Me morí de nuevo para volver a nacer.

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