La M con la A, Mierda

Aprenden a leer como si fueran idiotas. Repiten esquemas, rellenan fichas, son obligados a repetir todos los días frases sin sentido, sin alma, sin nada. La M con la A, Mierda. Aprenden a leer, pero no les enseñan a amar la literatura. Compiten para ver quién gana, para que mamá presuma “Ya casi lee”, para que el cole siga siendo la gran trampa. Les enseñan a leer como si les importara, como si a los seis años les hiciera falta.

Pues yo creo se puede aprender leyendo. Como se aprende a caminar caminando y a hablar, hablando. ¿Por qué leer y escribir tiene que ser distinto?

Vivo con una de cinco que está acabando su primera novela. Es una de las tres que forman la trilogía que escribió Isabel Allende para sus nietos, para primeros lectores. Uno es primer lector desde el principio, desde que no sabe leer pero lee porque le leen. También creo que no sólo se puede empezar leyendo cuentos infantiles, creo  en la capacidad de enamoramiento de la literatura. La ciudad de las bestias es una novela sencilla que tiene la genialidad de las grandes obras del realismo mágico. Me pareció posible que le interesara y lo entendiera, probé. Le entusiasmó desde el principio. En los textos muy descriptivos se cansa, me dice “No he entendido nada”, entonces en un par de frases le resumo y seguimos. Si alguna palabra no la entiende busco una más conocida. Jamás pierde el hilo ni se lia. Si se cansa, paramos.

En unas semanas hemos leído más de doscientas páginas, estoy segura que atesorará el recuerdo para toda su vida, porque tiene cinco años y ya conoce el sentimiento de adentrarse en una novela y no querer parar para saber qué pasa, porque al viaje de leer no se parece nada, ni jugar ni el cine, ni nada.

Tienes casi seis años, Nahla, y no sabes, porque no te interesa, lo que es la M con la A y yo no te obligo a que lo sepas ni dudo de ti, porque sé que un día querrás y leerás como por arte de magia.

No estás aprendiendo a leer, estás empezando a amar la literatura.

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Un comentario en “La M con la A, Mierda

  1. Cuando uno hace lo que cree que debe hacer no tiene que justificarse ni atacar al resto. Lo hace y ya está. A mi me sale salpullido cuando veo a un niño con un traje del equipo de fútbol favorito de su padre. Me dan ganas de gritarle “Pedazo de Gilipollas deja de manipular a tu hijo por Dios…Respétalo subnormal profundo!! Pero es que no es mi batalla. Además que estar todo el día con la espada enfilada pesa mucho y es muy cansado. Mi hijo no sabe quién es el Real Madrid ni el Barsa. Cada vez que algún padre le ha preguntado ¿de qué equipo eres? De verdad que no te imaginas el rechazo tan profundo que he sentido hacia ese padre. Pero le he apuntado a fútbol porque le encanta dar patadas al balón. Después de un gran duelo de ambos (porque Fede papá y yo estábamos de acuerdo en la superficialidad del fútbol). He disfrutado tanto viéndole disfrutar!!. Ha sido de las experiencias que más feliz me han hecho estas últimas semanas. En el grupo de niños hay algunos con papás de los que me salen salpullido, y otros con trajes de marca blanca o en chándal. No hay que meter a todos en el mismo saco. Si lo hacemos al final nos volvemos intransigentes e intolerantes. Por otro lado yo guardo un recuerdo maravilloso del aprendizaje de la lectura en el cole. Cada letra tenía un símbolo con la mano y un sonido de un animal. Era muy divertido. Se lo estoy enseñando a Fede a la vez que en el cole está aprendiendo las vocales. Él está contentísimo y se siente súper mayor de estar aprendiendo a escribir su nombre. Yo le doy toda la libertad del mundo, que lo haga como le de la gana, y cuando quiera. Escribe IFEOCEDR…por toda la hoja, en diagonal, más grande, mas pequeño, después pinta un coche, yo que sé, lo que le nace. Con rotuladores, con acuarelas, con lápices de colores…Ya se sabe de memoria cuentos que le leo por la noche que empiezan por “M” y terminan por “A”, casualmente (La Mona Ramona). No todos vivimos las mismas experiencias negativas con la escuela. A veces se nos quedan rejos de la infancia que no hacen otra cosa más que entorpecernos el camino. En algún momento a lo mejor nos ayudaron, pero después se vuelven inútiles. Hay que sacárselos para avanzar. Además aprender a confiar y delegar en otras personas diferentes a nosotras mismas es sano porque si no al final nos creemos superiores al resto y eso no funciona. Eso hace muchísimo daño al que lo siente. Nos ahogamos en nuestras propias palabras.

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