– La vocación, las metas y otros dedos que te metes en la boca para vomitar.

¿Tú qué quieres ser de mayor? ¿Qué quieres hacer? ¿A quién quieres más a papá o a mamá? Esa carrera no tiene salida. ¿Vas a estudiar o quieres vivir del cuento?

¡Sí! ¡Del cuento, del cuento!

A los 17 años como mucho hay que tener clara una profesión, UNA, no vayas a ser tan lista de elegir dos, ¡o cuarenta y dos! Mi hermano no tenía ni idea, yo sí, yo era mejor. Cuando preguntaban en clase lo que queríamos ser, algunos contestaban que no lo sabían, pobrecillos, ¡con el poco tiempo que les quedaba! Yo quería ser actriz, hacer teatro. Tenía una VOCACIÓN. No era ser profesora o anestesista pero ¡sabía lo que quería hacer en la vida!

Vocación, de la raiz “voca”, manera de ser tragada por la vida, y la terminación “ción”, cion como la canción, absurdo sinsentido al que tratar de encontrar sentido.

¿Cuántos son dos más dos? Mierda. ¿La M con la A? Mierda. ¿Afluentes del Miño? ¡Fuck me baby, oh yes, yes, yees!

Suspensa en geografía, por mala, por tonta. Porque los otros se lo saben y son mejores que tú. ¿Y tú que quieres ser? ¿Qué vas a ser? ¿A qué te vas a dedicar? Me gustaría ser Puta.

Puta: la que cobra por dar y seguramente, sentir placer.

Yo tuve una desgracia de pequeña, tenía una vocación. Además empecé a prepararme muy joven, con quince años me subí al primer escenario sin intención de bajarme más. A los veinticinco era probablemente la actriz con más formación de España y la más seria. Pero me cayó un profesor iluminado empotrado encima en forma de maestro gurúsico del teatro y ya no pude volver más.

Durante veintiocho años sabía lo que quería SER en la vida. Tenía una PROFESIÓN. LA PROFESIÓN. LA VOCACIÓN. La boca abierta para tragar más, para llegar más, para pedir más.

Lo que pasó luego es que fui MADRE y la teta y el cuidado y el mundo que se dio la vuelta y una niña que no lloraba porque había dado a luz a una madre que vivía por cuidarla que de pronto MIRÓ DE FRENTE SU CUENTO. Y vio, que todo eso que tanto le gustaba, le asfixiaba.

Lo que hay que aprender es a darse cuenta de lo que sí y lo que NO. De cuándo estás llenándote la pancita y cuándo te estás dejando las uñas en las puertas. Lo que yo he aprendido es a darme la vuelta negándome a seguir el camino más ancho. He aprendido que lo más importante es saber lo que no. Lo que no dispuesta a dar. Si es fácil, funciona, si me cuesta, no me interesa, si te exige mucho, te quitará mucho, te costará mucho. Si te importa más, te esforzarás más, le pedirás más, acabarás con sed. ¿Y si te das la espalda y te sientas y te vas, y si empiezas a caminar sin ver nada y sigues, y vas…?

Puede que aparezca algo. Una manera de comunicar lo que viniste a comunicar. Lo mejor que sabes hacer es algo que no te cuesta trabajo, y no te exige nada. Es como el amor, alguien que te acompaña el tiempo que te alimenta, siempre que te favorezca caminitos planos.

La vida no cuesta, ¡cambiar la manera de pensar cuesta!

Y no tener más vocación que el cuento que te cuentas por las mañanas ni más camino que el que te acerca cada vez más a ti poniéndote a ti por encima de todas las cosas.

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5 comentarios en “– La vocación, las metas y otros dedos que te metes en la boca para vomitar.

  1. Gracias! con este artículo también he comentado, ahora solo me falta mandar todo a la mierda… bueno, lo que NO lo tengo claro— lo que pasa es que ya no se cual es el SÍ… besazo, y sigue con estas reflexiones

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