La vida que tienes

​El viernes 2 de Septiembre a las seis y media de la tarde, alumbré a Newen. Junto a él, con todo mi cuerpo, apretando fuerte la mano de Ivan, sin oxitocina, sin epidural, sin rasgarme, con un periné íntegro, en un parto de pocas horas.
Diez días antes se había fisurado la bolsa, fui llorando al hospital, reviviendo una escena que viví seis años antes con una bebé de 29 semanas que salió perfecta, Nahla; con cuatro más de gestación esta vez, pero con cuatro menos para considerarlo “a término”. Deshaciendo mi plan de parir en casa.

Aunque implacable conmigo, Dios puso a mi amigo Nico matrón en el materno el primer día, después lo mandó de vacaciones, haciéndonos a los dos el regalo de seguir estando cerca a miles de kilómetros de distancia. Lo primero que hizo, antes de nada, fue ponerse delante de mí, mirarme a los ojos y hacerme una pregunta, la única importante:

– Ahora tienes dos opciones, Elena, o te deprimes porque no fue lo que querías, o te ocupas de que el bebé esté bien. ¿Qué quieres?

– Quiero que Newen esté bien.
– Vale, pues ya sabes lo que viene ahora, ¿no? Te vas a quedar ingresada, en reposo y todo lo demás.
– Sí – lloraba.
– Eres su madre, Elena, es el tiempo antes de su nacimiento, ocúpate de hacérselo pasar bien, dale la alegría y la tranquilidad que merece su llegada al mundo, sea donde sea.

Pasamos nueve días en el hospital, igual que con su hermana, los cinco primeros recibiendo antibiótico por prevenir el riesgo de una bolsa rota, Ivan a mi lado constamente, durmiendo en un sofá que de noche transformaba Dios en una cama de plumas que le acunaba el sueño. Comí mejor que nunca, bebí litros de agua, fui cuidada por algo amable que vació esa planta del hospital y nos dejó en un silencio monacal que fue medicina, leí el libro “La felicidad” de Alain, uno de los libros más bellos que existen, vi una película cada día, Sokurov, Fausto. Amé a Ivan. Me sentí más y más cerca de Newen. 

Elegí tres aliados, las únicas voces. David Testal fue el conjuro, Nico matrón la mano y la caricia, Ivan la calma y la confianza, el sí, el amor grande. Juntos conseguimos que los últimos días de Newen en mi vientre fueran buenos, alegres y cuidados.

El único obstáculo fue mi miedo. El miedo solo me sirvió para tener miedo, porque nunca la realidad se acercó a lo que me imaginaba, la realidad era buena, suave. Y al darme cuenta, se me iba pasando el miedo.

El décimo día empezó el parto de manera natural. Las primeras contracciones llegaron suavemente… como un mar que entró de pronto en la habitación. Como no había alarma ni riesgo, porque era un bebé ya maduro y grande, dilaté los primeros centímetros con la puerta cerrada, a solas con Ivan, con la boca abierta y en penumbra. Respirando tranquila… Cuando empezaron a suceder cada tres minutos bajamos al paritorio. En el hospital materno de las Palmas hay ocho, de la pared de cada uno cuelga un gran cuadro con una de las ocho islas. Newen coronó frente al volcán de El Teide, la isla de su padre.

Aprendí. Porque hice el conjuro, bailé con el sueño. 

Un día, mi amigo David Testal abrió su libro de pócimas y me regaló esto

“digo no desear

lo que ha sucedido

y sin embargo deseo

viajar a través de ello

no quería atravesar el río 

en esta barca

pero esta barca 

es lo que tengo”

Me preguntaron si podían ponerme una vía y dije que no, que prefería asumir el riesgo, que quería sentirme cómoda. Llamaron al ginecólogo ” Es necesario ponerla porque en el caso de bla, bla, bla.” Sonreí, entre contracciones, dilatada ya de más de cinco centímetros, dije en voz alta

– ¿Saben qué? No quería atravesar el río en esta barca, pero esta barca es lo que tengo.- Y acerqué sonriendo el brazo.

Hice el conjuro. Y di a luz con fuerza, enamorada, a cuatro patas, apoyada en Ivan, unida a Newen, frente a un matrón que lo único que hizo fue apagar la luz, cruzarse de brazos, mirar y no hacer nada. Cuando estaba coronando la cabeza llegó María, mi amiga, que como es ginecóloga y es mi amiga fue el filtro para que cuando cerré los ojos al final y todo se llenó de gente, confiara. Y alumbré a Newen, y lo saqué con mis manos, y jamás olvidaré ese tacto, ese olor y esa piel. Lo besé, lo abracé y nadie cortó su cordón. Después sabía que se lo llevaban. Dije sí a todo. Y a las dos horas fui a abrazar a Newen, que sigue en los mismos brazos.

Los tres días que pasamos con él allí fuimos su casa, su piel, la teta en la boca, haciendo pequeños turnos con Ivan, durmiendo con él en brazos sin dejarle solo ni un segundo, ni de día ni de noche. Pedí que cada vez que le pincharan lo hicieran con él en mis brazos, mamando, y aprendieron en ese hospital que así los bebés no lloran. No era el protocolo en el servicio de neonatología, pero hay cosas que una madre no presta a elección.
Con este nacimiento aprendí a conciencia algo que no había aprendido antes, que me ha cambiado. La vida eligió hacerlo conmigo de una manera implacable, así de grande es la confianza que en mí tiene.

Pude hacerlo. 

Atravesé el río. Disfruté de la corriente y alumbré a Newen con todo.

Gracias Ivan, amor, por tu presencia y tu cuidado, por ser tan bueno. 

Newen, vaya regalo. 

3 comentarios en “La vida que tienes

  1. Hace tiempo alguien me dijo una frase que he recordado con tu escrito: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”. Yo le he hecho reír muchas veces, y en mis embarazos más todavía. Con este bebé que llevo ahora en mi vientre de 16 semanas ya no hago ningún plan. Que sea lo que Dios quiera, ya no quiero volver a llorar por tener que dejar de dar el pecho a mi hijo y que me lo venden y me suba fiebre y tenerle que dar un biberón, con lo que yo había soñado con él colgado de mi tetita, y lo que había criticado yo a las mamás que dan biberones. Ya no quiero llorar porque mi hija está de nalgas y el día del parto se ha puesto transversa y me van a tener que hacer una cesárea, con lo que yo deseaba volver a parir y que me la pusieran encima calentita con ese olor a vida, con lo débiles que veía a las mujeres que se hacían cesáreas. No, esas cosas no podían estar pasándome a mi, y sin embargo, me pasaron. Con el cuarto hijo gestado, porque el tercero no llegó a nacer, me entrego entera a lo que venga, no opongo resistencia. No quiero volver a sufrir así y no lo voy a hacer. He aprendido. Enhorabuena por tu actitud y por tu hijo tan deseado Elena.

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